En la vereda transcurrieron los saludos, y en el momento que la puerta se cerró nos miramos desconcertados -¿dónde estamos?- preguntamos casi a coro y estallamos en risas.
Por callecitas de San Telmo del lado "real", ese que no está construido para turistas había una puerta entre abierta, justo sobre ella asomaba un balcón lleno de gente y música.
Entramos curiosos, una larga escalera de mármol nos daba la bienvenida, al tiempo que la luz apagada y la banqueta que bloqueaba el paso nos invitaba a retirarnos. Subimos atrevidos para descubrir una barra, buena música y la mejor onda. Esa noche salieron las alitas de pollo con salsa coreana, campari, cerveza y un brindis en shot que invitó el barman. En ese momento supe que encontré mi lugar.
Poco a poco los amigos se van sumando y las anécdotas apareciendo: siento que mi vida se vuelve divertida, cálida como la sitcom de los martes.
Es fabuloso encontrar un lugar donde: saben tu nombre, se pueda fumar en la barra cuando no hay nadie, pedir cualquier cosa aunque no esté en la carta, una ronda siempre vaya por la casa, hay que tocar timbre para entrar, abra todos los días hasta las 6 de la mañana, suene Nick Cave, haya ChilliBomb, estén siempre amigos dispuestos a ir y sino, te hacés amigos nuevos ahí.
Me enamoré del bar y de los amigos que me acompañan.
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